AP.- Bernadette Chirac, la ex primera dama de Francia de voluntad de acero que pasó 12 años en el Palacio del Elíseo de 1995 a 2007 junto al presidente Jacques Chirac al tiempo que ella construía su propio poder político en la rural Corrèze y convertía una obra benéfica de un hospital infantil en una institución nacional, murió. Tenía 93 años.
El presidente Emmanuel Macron confirmó su muerte el sábado y señaló que él y su esposa, Brigitte, se enteraron con “gran tristeza” del fallecimiento de una mujer que marcó la historia de Francia junto a Jacques Chirac, quien falleció en 2019, y cambió la vida de millones de pacientes mediante su labor benéfica.
“Se ha ido una gran dama del corazón”, indicó Macron.
Durante más de medio siglo, Chirac fue el punto fijo en el inquieto ascenso de su difunto esposo: por el Parlamento, dos mandatos como primer ministro, 18 años como alcalde de París y, en 1995, la presidencia.
Aparece en las fotografías oficiales con la barbilla en alto, el cabello rubio fijado con laca, un pequeño bolso en el brazo, con un aire menos de cónyuge que de institución.
Pero la caricatura nunca llegó a contenerla del todo.
Los trajes de Chanel, las gafas oscuras, la voz nasal y los juicios demoledores pasaron a formar parte de la imagen nacional.
Debajo de todo eso había una trabajadora incansable y una operadora política de mirada fría que, casi sola entre las esposas de los presidentes franceses, construyó una base de poder propia.
Bernadette Thérèse Marie Chodron de Courcel nació el 18 de mayo de 1933 en París, en un entorno de dinero, linaje y deber católico.
La familia de su padre incluía soldados, industriales y diplomáticos; un tío había servido como asistente de Charles de Gaulle en el Londres de la guerra.
Pero su vida quedó marcada sobre todo por su paso por la prestigiosa universidad Sciences Po de París, donde conoció a Jacques Chirac, un joven apuesto y muy cortejado cuyo apetito por la política acabó por definirlos a ambos.
Se casaron en marzo de 1956. La unión duró 63 años y fue, según su propio relato, una larga lección de resistencia.
Jacques Chirac era famoso por su calidez, su apetito y su conexión instintiva con las multitudes. Los dones de Bernadette eran distintos, decían los observadores. Era controlada, socialmente imponente, devota, exigente y a veces devastadoramente graciosa.
El filósofo católico Jean Guitton la llamó la “última reina de Francia”, y ella hizo poco por desalentar la idea.
La reputación de su esposo como mujeriego era un secreto a voces que ella eligió, tras mucho dolor, afrontar con humor seco.
Rodeada por fotógrafos en Corrèze en 1998 —tras rumores de que Jacques Chirac había estado ilocalizable la noche en que murió la princesa Diana porque estaba con una actriz—, bajó del auto y, con total seriedad, soltó: “Cálmense. No soy Claudia Cardinale. Ni Lollobrigida”.
“Al principio fue duro. Me rompió el corazón, y luego me acostumbré”, contó años después en un documental televisivo.
“Me dije que así eran las cosas y que tenía que aceptarlo con la mayor dignidad posible”, subrayó.
Enviada a cuidar el bastión rural de su esposo en Corrèze cuando él perseguía el poder en París, hizo mucho más que cuidarlo. En 1971 fue elegida concejala municipal en Sarran. En 1979 se convirtió en consejera general en Corrèze y mantuvo el escaño hasta 2015.
Su influencia creció después que Jacques Chirac se convirtiera en presidente en 1995. El papel de primera dama en Francia no tiene poder constitucional, pero ella hizo del Elíseo un lugar donde su aprobación importaba.
Podía ser leal, mordaz e implacable, y entendía que las campañas no se hacen sólo de discursos y encuestas, sino también de deudas, desaires y resentimientos.
Aun así, también se abrió un espacio para la autoridad femenina dentro de una cultura política masculina con poco interés en compartir el poder, dejando claro en silencio que no quedaría reducida a “la esposa de”.
Su dolor más profundo se mantuvo en gran medida en privado.
La hija mayor de los Chirac, Laurence, desarrolló una anorexia grave tras una meningitis en la adolescencia e intentó suicidarse en más de una ocasión. Nunca se recuperó del todo y murió en 2016 a los 58 años.
Esa prueba empujó a Chirac hacia el trabajo benéfico que transformó su imagen pública.
En 1994, asumió la dirección de una organización médica benéfica que recolectaba monedas para niños en hospitales. Para millones de televidentes franceses, la mujer antes ridiculizada por su altivez se convirtió en el rostro de los niños hospitalizados y de las familias que vivían alrededor de las camas de hospital.
Siguió al frente hasta 2019, cuando se la entregó a Brigitte Macron, la esposa del actual presidente de Francia, y pasó a ser presidenta honoraria.
Para entonces, desde hacía tiempo se había convertido en una fuerza política por derecho propio.
“Mi marido ya no hace política, pero yo sí”, les dijo a periodistas luego que Jacques Chirac dejara el cargo en 2007.
Famosamente apodó “Nerón” a Dominique de Villepin, el funcionario del Elíseo en quien desconfiaba, aunque también, según se informó, ayudó a orquestar la reconciliación de su esposo con Nicolas Sarkozy, el antiguo protegido que lo había traicionado políticamente.
Sus memorias de 2001, “Conversation”, escritas con el periodista Patrick de Carolis, vendieron cientos de miles de ejemplares y presentaron a los franceses a una mujer más franca, más divertida y más independiente de lo que muchos habían supuesto.
Después que Jacques Chirac dejara el Elíseo, su salud se deterioró y su voz pública se apagó. La de ella se mantuvo más afilada durante más tiempo. Cuando le preguntaron cómo estaba él, según medios franceses, respondió con su voz llana e inconfundible: “Él cuida al perro”.
La edad y el duelo terminaron por apartarla de la vida pública.
Para cuando Jacques Chirac murió en 2019, ella estaba demasiado frágil para participar en la despedida pública en que Francia y líderes extranjeros le rindieron homenaje.

